La mirada que lo dice todo

Por: Ruth Sánchez


La mirada que lo dice todo.

«Un ligero ruido me despertó y, cuando abrí los ojos, me encontré mirando directamente a los ojos de un león. Despierta, hechizada, abrí mucho los ojos, mucho, mucho, como para poder contener al animal que tenía delante de mí. Traté de ponerme en pie, pero llevaba varios días sin comer y mis débiles piernas temblaron y se doblaron. Me desmoroné contra el árbol bajo el cual había estado descansando, protegida del sol del desierto africano, que se vuelve implacable al mediodía. En silencio, incliné la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y sentí la dura corteza del árbol al presionar contra mi cráneo. El león se hallaba tan cerca que percibía su olor almizclado en el aire caliente...

–Éste es mi fin, Dios mío. Por favor, llévame ahora.

Mi largo recorrido por el desierto tocaba a su fin. No tenía con qué protegerme, no tenía armas ni energía para correr. Sabía que incluso en el mejor de los casos no conseguiría subirme a un árbol antes que el león, porque, como todos los felinos, es un excelente trepador y sus fuertes garras le ayudan a ser más rápido de lo que puedo ser yo. Apenas me hubiese levantado a medias, zas, un zarpazo y habría desaparecido. Sin miedo, volví a abrir los ojos y le dije al león:

–Vamos, ven a por mí. Estoy preparada.

Era un hermoso macho de melena dorada y larga cola que agitaba de un lado a otro para espantar las moscas. Era joven y saludable: tendría unos cinco o seis años. Sabía que podría aplastarme con facilidad; era el rey. Toda la vida había visto patas como las suyas derribar ñúes y cebras que pesaban cientos de kilos más que yo.

El león me miró fijamente y entrecerró poco a poco aquellos ojos suyos del color de la miel. Mis ojos castaño oscuro sostuvieron su mirada, se trabaron con los suyos. Apartó la vista.

–Venga, cógeme ahora.

Me echó otra ojeada y de nuevo desvió la vista. Se relamió y se tumbó. Luego se levantó y anduvo de arriba abajo, delante de mí, sensual, elegante. Por fin, giró sobre sí mismo y se alejó; sin duda había decidido que con tan poca carne sobre los huesos no merecía la pena engullirme. Atravesó el desierto con paso majestuoso hasta que su pelaje pardo se confundió con la arena.

Cuando me di cuenta de que no iba a matarme, no suspiré de alivio, pues no había sentido miedo. Estaba preparada para morir. Era obvio que Dios, que había sido siempre mi mejor amigo, tenía otra cosa planeada para mí, algún

motivo para mantenerme viva.

–¿Qué es? –le pregunté–. Llévame..., guíame. –Y con gran esfuerzo me puse en pie.»ª

Esta historia me inspiró mucho cuando era adolescente. Saber y estar de frente a alguien tan imponente como un león y que no te hiciera nada. Me hizo considerar que Dios en verdad siempre busca encontrarse con nosotras de la forma más majestuosa posible. Sin embargo, el ruido a nuestro alrededor (mentiras, malos hábitos, ignorar algunos aspectos de nosotras mismas, o aún no aceptar situaciones que vivimos) nos hace ser inconscientes de esta majestuosidad. A lo que voy es que, muchas veces vivir o pasar situaciones que nos exponen a una vulnerabilidad nos hacen conscientes de la presencia de Dios, y es ahí cuando nos encontramos cara a cara con Él. En ese desierto tan imponente que lo único que te queda es aceptar lo que tienes enfrente; lo que pareciera poder robarte todo en ese momento, halla solución con solo verlo y encontrarte con Él, quien te devuelve, y lo hace ampliamente. Aliento, esperanza de vida, confianza y guía... Y ¿qué

creen?, ¡eso hace Dios cada vez que nosotras volteamos a verle! En cada situación, aún por simple que tú creas que sea, si buscas en ese lugar, en su mirada, encontrarás esa respuesta para tu corazón: un ánimo, un abrazo, paz, consuelo, valentía, gozo, dirección; cualquier cosa que necesites si solo dejas que Él te mire con la esperanza que necesitas.

«Los discípulos regresaron a su casa, pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. —¿Por qué lloras, mujer? —le preguntaron los ángeles. —Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto —les respondió. Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo: — ¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?»

Juan 20:10-15 a NVI


¿Que estás buscando de Dios en este momento? Abre tu ojos aunque el terror este enfrente de ti, aunque la muerte este a un bocado de devorar tu vida. ¡Cristo mismo es quien venció esta muerte!

Más allá de estar en Su cuidado y en Su ayuda, al estar delante de Él, en Su presencia, recibes libertad y te posiciona en el lugar que debes estar, pues una vez más El te guía, una ves más El Cree en ti, y una vez más El confía en ti.

ªWaris Dirie, en Flor del desierto. Madrid, España: Maeva Ediciones, 2003.




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